Hola, te saludo sin saber nada de ti.
Yo por aquí, mostrándome como siempre (¿gano algo?)
La mañana y la tarde sentada frente al brillo del mar.
Me prohíbo llamarte, para qué, ¿qué podría ganar escuchando tu voz?... nada.
Me tiendo sobre la arena y me lleno de luz, respiro el húmedo aire y siento la placidez del instante. Se me antoja un café y un cigarrillo. Recuerdo y concluyo que no vales la pena. Y yo, ¿valgo la pena?... supongo que tampoco. Curiosa esa forma rocosa negra, como una franja incrustada transversalmente a lo largo de las otras rocas macizas y blancas. La silueta de una pareja de gaviotas corta el horizonte luminoso. Me cruzo con una mirada. Extraño tu risa. Si te llamo volveré a escuchar las mismas anécdotas, las mismas preguntas y respuestas y otra vez tu risa exultante, todo de nuevo, nada nuevo. No te llamo y sigo mirando las aguas con su brillo de lentejuelas.
Hola, ¿cómo estás? Yo muy bien, frente al mar.